viernes, 13 de julio de 2018

Relatos para las vacaciones (IV) "Arroz"

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Aunque algunos ya estén de vacaciones, o precisamente por ello, voy a continuar con esta serie de relatos cortos para que se puedan leer desde cualquier lugar. El de hoy lleva por título "Arroz", y el relato aparece tras la imagen.



China, 1900.
Yung Lee Soon era un joven de veinte  años propietario de una de las plantaciones más importantes de arroz de toda China. Era un hombre temido para algunos y admirado para otros, lo que estaba claro es que nadie era indiferente para con él. Nadie no, hay una jovencita de diecisiete años que no sentía nada por él, su nombre era Li Boon Yan y era la hija del segundo productor de arroz de China. Esto no sería importante si no fuera porque Yung estaba enamorado locamente de la jovencita, y aún más de la fortuna de esta.
Un buen día de primavera Yung decidió visitar a su rival y amigo y pedirle la mano de su hija, pero el padre de esta se negó alegando que su hija estaba comprometida desde el día de su nacimiento con su primo Wrang  Fo Yan. Esto sentó tan mal al joven y pretencioso Yung que juró vengarse y aseguró que le traería la deshonra y la ruina y se marchó de casa del que hasta ese momento había sido su mejor amigo.
Un par de meses después, el día del decimoctavo aniversario de Li y el día de antes de unirse legalmente en matrimonio con su primo, el vengativo Yung hizo una visita nocturna a la alcoba de ella. Cuando hace acto de presencia montando su hermoso corcel negro el ama de llaves de Li intenta alejarlo de la habitación de su señora. Yung ciego de venganza sacó su espada katana y le cortó la cabeza a la pobre mujer. Luego descendió bruscamente de su rocín se acercó a la cama de Li y la poseyó por la fuerza. A pesar de los gritos de Li nadie acudió a socorrerla ya que los soldados del joven terrateniente habían exterminado uno a uno a los habitantes de la casa.
Yung montó nuevamente a su caballo y mientras Li observaba como este se alejaba y veía el humo negro que levantaba la ahora ardiente, y previamente arrancada,  plantación de arroz de su padre juró a gritos que su simiente, la que ahora se gestaba en su vientre, algún día acabaría con su descendencia. Varios días después se casó con su primo Wrang y nueve meses después tuvieron su primera hija. Pero la hija no era de Wrang, sino de Yung. La niña se llamó Li en honor a su madre.

Moscú, 4 de marzo de 1940
Una mujer asiática de cuarenta años recorre las calles de la ciudad con una pequeña niña de dos años en sus brazos. La mujer quiere llegar al enorme barco para llegar a Estados Unidos y pedir allí asilo político y la nacionalidad americana. Hace tan solo dos horas un soldado del ejército rojo que se había pasado con el vodka había acabado con su marido confundiéndolo con un espía japonés. Habría acabado también con su vida y con la de su hija de no haberlo matado ella con el cuchillo que lleva oculto en el moño. Cuando acabó con la vida del soldado esparció un puñado de arroz por su cuerpo tal y como le indicó su madre que hiciera cuando matase a alguien, aunque al alguien que debe de matar no es a un ruso sino a los descendientes de Yung, porque esa aparentemente frágil mujer no es más que la hija de Li Boon Yan.

Madrid, aeropuerto de Barajas 00:01 de la madrugada, 30 de agosto de 1997.
En la sala de espera sentada en el incómodo banco metálico se encuentra Sarah Chang esperando al enviado del embajador chino. El embajador tiene previsto hacer un viaje oficial y dentro de su viaje incluye una visita al Monarca español, pero a la jovencita de veinte años que espera en el aeropuerto no tiene en mente el viaje oficial, sino la venganza, la venganza casi centenaria que su bisabuela juró cumplir y que ella ejecutará. Puesto que la joven que está sentada en la sala de espera del aeropuerto no es más que la nieta de la mujer que atravesaba a toda velocidad las calles de Moscú ahora hace 57 años y la bisnieta de la joven Li Boon Yan. Esta joven ha sacado la belleza de su bisabuela y la sed de venganza de su bisabuelo carnal. Lo que ocurre es que cuando su abuela se nacionalizó americana se cambió el nombre, pero ha guardado intacta la tradición de la venganza.
Cuando el enorme reloj digital de la sala indica en unos dígitos rojos las doce y cinco de la madrugada la jovencita se levanta y se dirige a la zona de desembarque de pasajeros y cuando localiza con la vista a su víctima se apoya en la pared y se enciende un cigarrillo Fortuna y le da una larga calada. Va vestida con unas mayas grises, una camiseta negra con la portada de un disco heavy dibujada y unas bambas altas negras. Lleva una riñonera verde militar y unos largos calcetines blancos que lleva un poco plegados sobre sus mayas. Recoge su larga melena negra azabache con una trenza africana decorada con una cinta negra de raso.
Cuando el enviado del embajador abandona el aeropuerto Sarah lo hace tras él y cuando él entra en un pequeño callejón buscando el camino hacia su vehículo ella lo coge por debajo de los hombros con su brazo izquierdo y con el derecho saca un cuchillo que llevaba oculto en su calcetín y se lo pone en el cuello y le dice: «¿En qué hotel se hospedará el embajador?» El ayudante del embajador pronuncia el nombre del hotel completamente atemorizado. En el momento en el que Sarah oye el nombre del hotel le corta la yugular al hombre que tenía en sus manos y después saca un puñado de arroz de su riñonera y lo esparce por el cuerpo inerte que yace en el callejón. Luego se marcha y tras mostrar su documentación a un tipo de un Toledo blanco se monta en el coche y sale a toda prisa. Ella trabaja para la C.I.A. como espía y asesina, aunque este trabajo es personal.

Hotel Aramo, Paseo Santa María de la cabeza 73, un par de días más tarde a las 23:50 h.
En la habitación 101 se hospeda Xi Shang Lee, primo del embajador de China y el mejor amigo del tipo que había aparecido muerto dos días antes en el callejón cercano al aeropuerto. Teme por su vida y por la de su primo, por eso se ha encargado de que dos de los mejores guardaespaldas del mundo le protejan en su estancia en Madrid, ya que solo él tiene la llave de acceso a la habitación de su primo, el embajador. Entra en su habitación y les pide a sus gorilas que salgan y se aseguren de que no entre nadie en la habitación bajo ningún pretexto. Luego coge el teléfono y llama a una agencia de señoritas de compañía y pide que manden a una de rasgos orientales a la habitación 314 y una botella de cava a la habitación 101.
El servicio de habitaciones sube una botella de cava a la habitación 101, pero el camarero encargado de llevarlo no llegara a su destino, ya que cuando está a punto de salir de la cocina un filo brillante la atraviesa y cae al suelo con una espada ninja clavada en su cabeza. Sarah, la asesina del camarero, le quita el uniforme y le echa un puñado de arroz encima. Luego se viste con la ropa del camarero escondiendo una pistola automática en un bolsillo del pantalón y sube la botella de cava a la habitación 101.
Cuando llega a la puerta de la habitación 101 dice que lleva lo que han pedido en esa habitación y los gorilas la paran y le dice que lo deje en la puerta que ellos la meterán dentro. Cuando uno de ellos se gira para recoger la botella y el otro para abrir la puerta Sarah les golpea con una patada doble de kárate dejándoles K.O. Luego Sarah pica a la puerta y dice que es del servicio de habitaciones. Xi abre la puerta con cuidado y en el momento que la puerta se abre un poco Sarah empuja el carrito en el que llevaba el cava abriendo de golpe la puerta. Seguidamente saca la pistola de su bolsillo y apunta con ella al oriental. Este retrocede hasta encontrarse con la pared. Sarah se le acerca hasta una distancia de un metro y sin dejar de apuntarle dice:
—¿En qué habitación está tu primo y cómo puedo entrar allí?
—No te lo diré nunca—le dice él aterrado
—Si no lo haces te mataré—le replica ella con una sonrisa un tanto macabra.
—Está bien, está en la habitación 314 y espera a una guapa oriental para pasar la noche con ella. Yo tengo la única llave de su habitación—responde él prefiriendo salvar su vida a la de su primo.
Cuando este acaba de hablar ella aprieta el gatillo repetidas veces hasta que descarga el cargador en el cuerpo del chino, tras sacarle la llave del bolsillo interno de su americana esparce un puñado de arroz sobre el cuerpo agujereado y sin vida del primo del embajador. Luego abandona a toda prisa la habitación buscando el ascensor. Por suerte para ella había instalado un silenciador en el cañón de su arma y casi no ha hecho ruido. Cuando llega delante del ascensor pulsa el botón de llamada de uno que acababa de empezar a subir. Cuando se abren las puertas ve a una japonesa en su interior, esta le pregunta al piso al que va y tras pulsar el botón del tercero comenta que es una casualidad que las dos vayan al mismo piso. Sarah deduce enseguida que esa mujer es la que va a pasar la noche con el embajador y decide  parar el ascensor.
El ascensor se detiene entre el segundo y el tercer piso, cuando la desconocida se gira hacia Sarah para preguntarle que por qué ha detenido el ascensor esta le clava un cuchillo que saca de su calcetín y asesina a la mujer. Luego le coge la bolsa y la ropa y esconde el cuerpo un poco tras el enorme macetero que allí había y le echa un puñado de arroz. Se viste con la ropa de la chica, se cuelga la bolsa de deporte que esta llevaba al hombro y vuelve a poner en marcha el ascensor. Se dirige a la habitación 314 y cuando llega delante de ella se detiene un instante, y tras deshacerse la trenza y atusarse un poco el pelo pica a la puerta diciendo ser de la agencia.
Abre la puerta un chino de treinta y pocos años, fuerte y guapo. No cabe duda que conserva la vitalidad de los hijos varones de la dinastía Lee Soon. El tipo la invita a pasar y una vez dentro la besa mientras cierra la puerta. El pregunta los honorarios y ella responde que los de siempre, al ser un cliente habitual no le aumentan la tarifa. Él sonríe y dice que se prepare en el cuarto de baño mientras él descorcha una botella de Champagne y pone música. Sarah se introduce en el lavabo y puede oír de fondo como de la radio se escucha la canción «No Soporto el Rap» de Joaquín Sabina. Sarah se ha marcado un farol y le ha salido bien. Sarah se desnuda y saca de la bolsa de deporte un picardías negro transparente y unas braguitas rojas de encaje. Saca también un ligero negro, unas medias negras y unos zapatos con un tacón altísimo y acabado en punta. Cuando Sarah está a punto de salir oye el ruido del descorche de la botella y al asegurarse de que todo va según lo planteado mete un montón de arroz en uno de los zapatos y se viste con la ropa que ha sacado.
Sarah sale del lavabo luciendo en su estupendo cuerpo aquella ropa tan sexy. Cuando llega a la cama se sienta y le pide al apuesto chino un cigarrillo. Cuando este abandona un momento la sala para buscar su paquete de tabaco Sarah saca de la bolsa su katana y la esconde bajo la cama, luego se tumba sobre la cama con las piernas cruzadas. Cuando el embajador vuelve con un cigarro rubio en la comisura de los labios Sarah se levanta y se le acerca. Él se saca el cigarro de la boca y se lo ofrece a Sarah. Esta lo coge y tras inhalar una larga calada expulsa el aire por la nariz dejando la boquilla manchada de su carmín rojo pasión.
—¿Cómo te llamas?, yo soy Pong—pregunta el embajador mientras contempla anonadado el cuerpo de Sarah.
—Me llamo Sarah Chang, aunque puedes llamarme arroz—le responde ella acabándose el cigarrillo y empezando a bajar el pantalón del pijama a Pong.
Cuando el embajador está con el pantalón en los tobillos dice: «Siempre he tenido una fantasía, poseer a mi hermana o mi prima, pero nunca lo he hecho». Tras concluir su frase le quita el picardías a Sarah y tras besarse  se dejan caer sobre la cama. Pong empieza a besar los senos de Sarah, continua besando su abdomen y chupándole el ombligo. Luego encuentra la barrera de las braguitas y decide sacarlas con la lengua lamiendo todo lo que encuentre por su camino. Cuando Sarah pierde sus braguitas completamente decide sacarle los calzoncillos a él. Luego empiezan a hacer el amor.
Unas horas después, Sarah le pide un pitillo a Pong. Él, tras encender uno y entregárselo se gira para llenar dos copas con el champagne. Ese momento lo aprovecha Sarah para coger su katana. Luego dice en tono irónico: «¿Sabes una cosa?, yo soy casi una prima tuya. Estarás contento, vas a morir habiendo realizado una de tus fantasías» y antes de que Pong pueda reaccionar Sarah le arranca la cabeza de un solo corte. Luego deja caer el arroz que contenía su zapato y exclama: «Mi vendetta se ha cumplido, ya puedes descansar bisabuela Li». Luego se introduce en el baño y se viste con sus mayas grises, su camiseta heavy, sus bambas negras y su riñonera verde militar. Guarda su espada en la bolsa de deporte y abandona el hotel a toda velocidad con rumbo a Los Ángeles.

Un lugar cualquiera de la antigua California, 2040.
Un hombre de raza asiática y de cuarenta y dos años de edad recorre las calles con el único equipaje de una espada japonesa. Una cicatriz le baja desde su ceja izquierda hasta la mitad de la mandíbula inferior. Entra en un bar a tomar una cerveza y el dependiente le pregunta:
—¿Qué le trae por aquí, negocios o placer?
—Estoy aquí buscando a la asesina del arroz que aterrorizó España hace más de cuarenta años.
—¿Para qué la buscas?
—Para cumplir la venganza de la muerte de mi padre y de mi tío, un embajador.

Por hoy es todo, espero os haya gustado, como siempre, espero vuestros comentarios, os espero en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

viernes, 6 de julio de 2018

Relatos para las vacaciones (III) "Si hay una oui-ja rota..."

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Siguiendo la serie de entradas con relatos cortos para leer durante las vacaciones hoy os traigo una historia que auna la investigación detectivesca y la fenomenología paranormal todo en uno. LLeva por título "Si hay una Oui-ja rota..."


La historia dice así:

Me llamo Clark Neuville vivo en Quebec y soy investigador privado. Sobre mi mesa se amontonan infinidad de carpetas con los informes de los casos ya resueltos, los que están por resolver y los que no hay forma humana de  resolver. Cojo la botella de Jack Daniel’s que descansa en el cajón inferior de mi escritorio metálico y bebo un largo trago de ella y tras taparla vuelvo a guardarla en su cajón. Vuelvo a meter la cabeza en el informe del asesino del Yukón, aún no me explico cómo hace ese cabrón para que no lo pillen.
Suena el teléfono en la habitación contigua, lo dejo sonar tres veces hasta que recuerdo que mi secretaria, Tiffany, hace dos días que se despidió. Por otra parte es lógico, todavía le debo tres meses, lo raro es que no lo hiciese antes. Descuelgo el auricular y lo acerco a mi oído derecho ya que en el izquierdo llevo un aro de oro y me molesta para hablar por teléfono. La voz que sale del aparato es de un hombre mayor, según dice,  mi abuelo me ha dejado la antigua casa familiar y todo lo que haya en ella en herencia. Puedo pasar cuando quiera a buscar las llaves. La primera buena noticia que recibo en varios meses. Parece que volveré a tener secretaria.
Tras colgar el teléfono cojo nuevamente el auricular y marco el número de mi viejo amigo Jacques. Es un tasador de primera. Tras explicarle la situación me cita delante de esa casa dentro de una hora. Tengo tiempo suficiente para pegarle otro tiento al Jack.
Salgo de mi oficina del antiguo edificio de la policía y me subo en mi adorado Mustang del 68. Arranco directamente en segunda y tras pasarme por la oficina del notario para recoger las llaves de la casa que he heredado llego ante la puerta de aquel caserón. Hacía tiempo que no venía por aquí y la recordaba acogedora y agradable. Ahora más bien me parece tétrica y un poco macabra. Busco con la vista a Jacques Lemieux, él es el mejor en su trabajo, y lo encuentro sentado en el capot de su viejo Ford Berlina. Me saluda alzando las cejas y yo le devuelvo el saludo de la misma manera. Luego se acerca lentamente a mí y nos fundimos en un abrazo, hacía mucho que no nos veíamos. Jacques saca una petaca del bolsillo interno de su americana y me ofrece, le digo que no con la mano y él bebe un largo trago. Luego yo le acerco mi cajetilla de Winston y el coge un cigarro, yo cojo otro y el me lo enciende con su mechero de oro. Parece que a él le ha ido mejor la vida que a mí.
Nos giramos los dos hacia la casa y nos acercamos a la enorme puerta metálica que separa la calle del jardín. Recuerdo el jardín verde y con un montón de árboles, las petunias de mi abuela, sembradas en un rincón llenaban de color el jardín. Pero ese colorido verde del césped y la copa de los árboles y multicolor de las muchas flores que mi abuela cultivaba ya no estaba. Ahora solo era marrón y triste. Había una alfombra marrón en el suelo formada por infinidad de hojas secas que se habían caído en algún otoño. Por fin me decido a abrir la gigantesca construcción metálica que era aquella puerta torneada y decorada con rosas de metal.
Jacques y yo avanzamos sobre aquella alfombra natural. El que en otro tiempo había sido el verde follaje de unos fuertes y poderosos árboles ahora crujía mustio y seco bajo nuestros pies. Es imposible que esta casa recupere el esplendor de antaño. Nos plantamos delante del pórtico de madera de cedro que da acceso al interior del caserón. Mientras busco en el bolsillo izquierdo de mi pantalón el llavín de cobre que abre la puerta oigo un crujir de hojas que se acerca a mí, el corazón me da un vuelco. Hay mucha gente que tiene motivos para matarme y que además han jurado hacerlo. Vaya día he elegido para dejarme la pipa en casa. Me giro lentamente aparentando tranquilidad, aunque estoy hecho un flan. Cuando me giro completamente la puedo ver avanzando con paso rápido hacia mí. Va vestida con unos ajustados tejanos azules con un descosido en la rodilla derecha, una camiseta blanca con una fotografía en blanco y negro de James Dean y unas bambas blancas de marca Nike. Cuando llega junto a mí me abraza y me besa apasionadamente. Se trata de Courtney, llevamos saliendo tres años y estamos pensando en casarnos, menos mal que no he traído mí nueve milímetros parabellum, no me hubiese hecho mucha gracia tener que ir de funeral un día tan alegre como hoy. Por lo visto las buenas noticias vuelan puesto que según me explica se ha enterado de lo de la herencia y viene a ver mi nueva casa.
Por fin abro la puerta y el chirrío que produce podría utilizarse en alguna peli de Cristopher Lee. Desde el  umbral del enorme portón puedo ver el gran salón en el que pasábamos el tiempo muerto y las escaleras que conducen al piso superior. Invito a entrar a mis dos acompañantes y cierro con cuidado la puerta, pero aun así chirría. Nos acercamos al salón y Courtney se queda prendada de la mecedora que usaba mi abuela. La había construido mi abuelo con madera de nogal, presumía de haber cortado el árbol con sus propias manos. Pero esa mecedora estaba polvorienta, llena de telarañas y el paso de los tiempos le había dedo un aspecto de fragilidad. Courtney le quita con la mano un poco del polvo que descansa sobre ella y se sienta. En el momento que lo hace yo cierro los ojos para no ver el batacazo que creó que se va a dar. Pero no oigo el ruido de tal batacazo, solo oigo el TAC-TAC que producen las patas de la mecedora al chocar contra el suelo.
Yo me acerco a la chimenea, en la misma que cuando era pequeño calentaba mi pan junto a los troncos ardientes que mi padre rellenaba a diario. Esa chimenea está ahora negra por culpa del hollín, y por la falta de cuidados.  También sirve ahora de pilar para el centenar de telarañas que tiene por todos los lados. Por fin cesa el tacatá de la mecedora y pido que me acompañen al piso superior. Subimos por las escaleras construidas con piedra negra de pizarra. Al pasar mi mano por el pasamano de metal recuerdo el día, cuando era muy pequeño, que me lancé resbalando por la barandilla y acabé estampándome con el suelo, partiéndome la nariz y abriéndome una brecha en la ceja izquierda que me supuso siete puntos de sutura. Ahora por lo menos puedo vacilar que la nariz me la partió un mastodonte de dos cientos kilos por intentar colarme en un local de moda.
Sin darme cuenta he llegado al segundo piso y me dirijo apresuradamente al que fue mi cuarto de niño. El suelo cruje bajo mis pies ya que parte de él es de madera. Cuando llego a la puerta de mi otrora cuarto la abro tan ilusionado como puede estar un crío cuando su madre le regala un caramelo. Tras abrir la puerta me siento en el borde de mi cama y cojo el que siempre ha sido mi juguete favorito, un peluche blanco, mi foquita Mik. Courtney y Jacques entran en la habitación en ese instante y yo escondo a Mik detrás de mí y me acerco a mi novia, la beso en la mejilla y le entrego a Mik y le digo que la cuide. Ella me besa en los labios y dice que le encanta. Son las ventajas de tener una novia que colecciona peluches, le regalas uno realmente alucinante y se queda tope de flipada. Les digo de que se queden viendo la casa, a mí no me apetece recordar más mi infancia. Yo les esperaré en la puerta. Solo quiero saber cuánto puedo sacar por esta casa y volver a mi oficina. Cuando salgo por la puerta me detengo un segundo observando por el quicio la cara de alucine que tiene Jacques. No puedo remediar mirar, aunque sea de reojo el físico monumental de Courtney, además, ahora que está un poco agachada es imposible de dejar de mirar su trasero. Está buenísima.
Bajo al primer piso y me apoyo en la pared junto a la puerta de entrada. De repente un extraño pensamiento se pasea por mis neuronas. ¿Qué era aquello qué  tenía esta casa y que era tabú para mí? Me dirijo rápidamente al salón y de  allí me dirijo a la cocina. Está igual a como la recordaba. La enorme mesa fabricada en Alaska con madera de pino español, ahora llena de minúsculos agujeritos producidos por la carcoma. Descansando sobre ella el libro de recetas de mi abuela. De ese libro sacó sus tortitas para el desayuno, sus crepes y su pastel de carne. El libro acumula ahora una buena capa de polvo, y manchas de humedad. Aquella cocina jamás volverá a ser la que yo recuerdo de mi infancia, tal vez nunca ha sido la que yo recuerdo. Pero no está aquí lo que yo busco. Salgo rápido de la cocina y me dirijo al cuarto de trabajo de mi abuelo. Abro la puerta y contemplo lo que allí hay. El caballete que utilizaba para pintar sus cuadros restaba de pie, gobernando el vacío de la habitación. Parece impérenme al paso del tiempo permaneciendo allí, preparado para que en cualquier momento alguien coloque un lienzo y empiece a trabajar en él. Pero tampoco está aquí lo que a mí me interesa. Salgo desilusionado y vuelvo junto al pórtico de entrada desistiendo así de buscar la llave de mi pasado que jamás conocí.
Cuando estoy a punto de llamar a mis acompañantes para dejar este lúgubre lugar se me enciende una bombillita. Me dirijo a toda velocidad al pasillo. Recorro el pasadizo a toda velocidad hasta que llego a su final. Delante de mí se alza una cortina roja de terciopelo que ahora, debido principalmente al paso del tiempo y ayudada por el polvo y las telarañas, restaba rosa y descolorida. Mi padre me prohibió que la atravesara cuando era niño, y mi madre me abofeteó repetidas veces una vez que me pilló apunto de atravesarla. Pero ahora la casa es mía y puedo ir donde quiera. Alargo mi brazo derecho para correr la cortina y en el momento en que toco la cortina noto como una mano me toca en el hombro. Se me escapa un grito de terror, estoy cagado de miedo. Me giro y me encuentro con un Jacques que se ríe de mi grito y a Courtney que me dice que no pasa nada. Menudo susto me han dado. Menos mal que Courtney hace que se me olvide el susto con el beso que me da. Abro la cortina y una misteriosa puerta negra aparece de detrás. Busco en mi bolsillo alguna llave que no sepa de que es. En mi bolsillo hay un pequeño llavín de oro que introduzco en la cerradura y lo giro hasta que oigo el ruido de que la puerta está abierta. Antes de  abrirla miro un instante por la pequeña ventana que da a la parte trasera del jardín y me detengo a observar la pequeña construcción utilizada como leñera y que yo utilizaba de cuarto de juegos. Vuelvo mi mirada hacia mis compañeros que esperan ansiosos saber que oculta la puerta negra. Por fin me decido y la abro.
El interior de aquella sala nos horroriza. Además de no tener ni una sola mota de polvo está decorada con multitud de dibujos ocultistas. Infinidad de estrellas de cinco puntas dentro de un círculo y con la cabeza de un macho cabrío en su interior y tres seises al lado, extraños textos escritos en un idioma desconocido y cosas por el estilo están por todas las paredes. Nos adentramos un poco más y debido a que las cortinas están corridas no vemos muy bien. Courtney se me acerca y me coge fuertemente de la manga de mi camisa de seda azul. Avanzamos un poco más y en un rincón, en el suelo, encontramos una tabla de Oui-ja partida por la mitad. Cuando Jacques la ve sale corriendo buscando la puerta y yo le pregunto que qué le ocurre y él me responde:

—Cuando hay una Oui-ja rota, es que un espíritu se ha liberado y puede atacar en una forma física. Si eso está aquí yo me largo.
Yo insisto en que no pasa nada pero él se dirige a la puerta. Cuando está a un solo paso de salir por la puerta esta se cierra de golpe y cuando Jacques intenta abrirla grita de pavor ya que según dice esta atrancada. En ese instante noto como los largos, finos y delicados dedos de Courtney me aprietan. En ese apretón puedo notar su miedo, está aterrada, yo también lo estoy, pero si lo demuestro nos desesperaremos ya que soy el único capaz de buscar la salida a esto. Jacques cae al suelo sollozando, parece un niño aterrado tras ver una película de miedo. Le digo que se levante, un tipo de treinta años no queda bien llorando de rodillas cual una Magdalena. Luego avanzo un poco más llevando siempre pegada a mí a Courtney. Delante de mí tengo algo parecido a un potro de tortura medieval. Es un banco de madera, no sé de qué tipo, con cuatro grilletes (dos para las manos y dos para los pies) y hay restos de sangre seca  en la madera y en los grilletes. Cuando Courtney ve eso se le escapa un grito terrorífico que suena seco y ahogado a la vez. Intento consolar a Courtney pero no hay manera de conseguirlo. Doy un paso más y veo una pequeña mesa con distintos artilugios de tortura, pero el que más me llama la atención es un pequeño cuchillo curvo. Vi uno igual cuando investigaba a una secta satánica en Philadelphia. No hay duda, es un cuchillo ritual utilizado para hacer sacrificios de humanos. Prefiero no comentarlo, tal y como están las cosas solo serviría para empeorarlas.
No aguanto más tiempo sin luz, esta luz tenue y lóbrega me está jodiendo la vista. Le digo a Courtney que me acompañe un paso más y corro una cortina dejando que entre la luz del día en la casa. La lobreguez cesa y me entretengo un instante mirando por la ventana, el viejo roble que utilizaba de escondite secreto ahora yacía muerto en el mismo lugar de siempre. Cuando devuelvo mi vista al interior puedo ver, aunque parezca increíble, la figura de mi abuelo delante de mí que me sonríe. ¿Cómo va todo, nieto? me dice y a Courtney se le escapa un grito que parece más bien un aullido de lo agudo que le sale. Me giro un momento y puedo ver como dos extrañas figuras humanoides están acercándose a Jacques una y a mi posición la otra. Un segundo después oigo un ruido por detrás y de reojo veo como el cuerpo de Jacques yace ahora inconsciente en el suelo. Mi abuelo me golpea un derechazo a la mandíbula y me deja sentado en el suelo, luego coge a Courtney y se la lleva al potro de tortura. Me levanto e intento dirigirme a mi abuelo, pero esa maldita figura que vi acercárseme me corta el paso. Vaya momento para dejarme la pipa en casa, aunque creo que ya os he explicado eso antes. Tendré que reducir a esto que me planta cara con mis conocimientos pugilísticos, porque, por si no lo sabéis, fui boxeador amateur de los pesos pesados y estuve a punto de ser campeón, lo evito un inglés que conducía un tráiler a las diez de la noche por una transitada calle de Vancouver. Le atizo un derechazo y luego le doy un crochet de izquierda, como todavía aguanta en pie le atizo un gancho de derecha a la mandíbula que lo aleja de mi un poquitín, lo justo para ver como mi abuelo coge el cuchillo ritual y lo levanta intentando clavárselo en el pecho de mí, ahora amordazada en el potro de tortura, prometida. Salgo corriendo hacia él, y cuando estoy a punto de llegar a mi antiguo querido pariente veo como un espadón baja a toda velocidad con la intención de atravesarme. No tengo tiempo de esquivarlo, solo tengo tiempo de ver como mi abuelo baja muy rápido el maléfico cuchillo buscando el pecho de Courtney. Que el Señor nos perdone y purgue nuestras culpas. 

Por hoy es todo, espero os haya gustado. Nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

viernes, 29 de junio de 2018

Relatos para las vacaciones (II) "12V, 14P"


Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Al parecer ya está aquí eso que llaman "Operación Salida". Tal cómo parece mucha gente emprende viajes por carretera, por avión, por barco o por tren. Tal y como os prometí voy a traeros unos relatos para que los disfrutéis en estas vacaciones, y en este caso es uno ambientado en un tren, pero puedes leerlo en cualquier lugar. Este lleva por título: "12V, 14P" y dice así:

Él tenía veintitrés años, se llamaba Marc Martí e iba vestido con unos tejanos negros y ajustados, una camisa de leñador verde y blanca y unas botas altas tipo militar. Abandonaba la ciudad condal para participar en una prueba como batería de un grupo de Rock. Su único equipaje, una minúscula mochila con ropa para dos días y la guitarra española que le habían regalado a los catorce años.
Ella tenía veinte años, se llamaba Xènia Puig y su vestuario consistía en unas mallas negras, un jersey blanco de lana largo y con cuello alto y unas zapatillas deportivas con suela de plataforma. Era estudiante de segundo de arte dramático y dejaba su Barcelona natal para trabajar en su primera obra como profesional en el teatro Lope de Vega a las órdenes de Josep María Flotats.
Lo que ninguno de ellos sabía todavía es que no llegarían a Madrid. El tren salió del andén número uno de la estación de Barcelona Sants con cinco minutos de retraso durante los cuales Marc y Xènia pudieron descubrir que iban a ser compañeros de viaje. Muy galantemente él ayudó a colocar las pesadas maletas de ella en el lugar reservado para las mismas y ella se lo agradeció con una sonrisa que iluminó su precioso rostro.
Antes de llegar a Zaragoza el tren ya había recuperado el retraso acumulado en el tramo inicial y los dos jóvenes empezaron a darse cuenta de que se estaban enamorando. Él acarició la larga melena azabache de ella con su mano derecha mientras que con la izquierda acercó la cara de ella a sus labios; ella cerró sus preciosos ojos azules y se dispuso a ser besada. Breve impás de espera que es el tiempo que tarda Marc en acercar sus labios a los de ella. Un tiempo inferior a un segundo que se hace eterno.
Por fin se decide, sus labios se juntan y antes de poder dar el beso un frenazo inesperado del tren les saca del leve sopor en el que habían entrado, abren los ojos y todo es igual pero distinto: los pasajeros son los mismos pero cambiados, el interior del vagón parecido pero no igual. ¿Qué ha ocurrido? Marc mira su reloj y se horroriza, ¡Han transcurrido tres días!, «Es imposible» piensa «Eso solo ocurre en las novelas de Stephen King» se dice, pero lo cierto es que ese segundo ha sido el más largo de la historia.
Pregunta a la gente de su alrededor y todos le dicen que no ha ocurrido nada, simplemente que el tren se ha parado; pero algo le dice que eso no es todo, se lo dice su sexto sentido y también la cara de pánico de Xènia. Él la abraza para evitar que se asuste o grite pero sabe que sea lo que sea lo que vaya a ocurrir pasará pronto.
Una mano le agarra del hombro y se sobresalta en su asiento, se gira asustado y encuentra a un hombre mayor que le pide fuego para encenderse un cigarrillo; a duras penas le dice que no fuma y el hombre vuelve a su asiento, todo el mundo parece muy tranquilo menos él y Xènia. «Trata de dormir, no es más que una pesadilla» se dice a si mismo y a su compañera de viaje y ambos cierran los ojos.
Un nuevo ruido le sobresalta, cuando Marc abre los ojos Xènia no esta a su lado, de hecho no hay nadie a su lado, los pasajeros del tren siguen tan tranquilos como siempre, y el tren tan parado como antes, ningún anuncio por megafonía, ninguna señal de la chica de la que se había enamorado. Estaba empezando a desquiciarse cuando le dio por mirar de nuevo su reloj y empezó a creer que se estaba volviendo loco ya que según su reloj, ¡era ayer!
Una nueva mano se apoya en su hombro, nuevamente un escalofrío recorre su cuerpo y con más miedo que antes se gira para comprobar que se trata de la dulce Xènia, vestida ahora únicamente con el jersey que se sienta sobre él y empieza a besarle. Tras los besos las caricias y tras estas las palabras dulces: «Tranquilízate, pronto estará arreglado el problema de las vías» dice con una voz sumamente erótica y vuelve a besarlo esta vez con verdadera pasión.
Marc trata evitarla y como ve que es imposible quitársela de encima cierra los ojos y se deja hacer hasta que ella, en uno de sus jueguecitos le muerde en la oreja, él abre los ojos, grita de dolor y comprueba que es de noche: todo el mundo en el vagón duerme, Xènia también, junto a él y no tiene rastro de sangre en su oreja. «Todo ha sido un sueño” se dice a si mismo mientras se levanta para ir al lavabo. “¿Todo?» se pregunta cuando observa que el tren continua parado. Mira su reloj y ve que es hoy, que es el día en que él cogió el tren para ir a Madrid, pero en cambio es de noche. «Me estoy volviendo loco» se dice mientras continua caminando hasta el servicio.
Cuando sale del urinario se dirige nuevamente a su asiento para seguir durmiendo, «todo esto es un sueño» piensa. Se sienta, cierra los ojos y trata de dormir pero no lo consigue, no sabe si por consecuencia del miedo, pero el caso es que no puede conciliar el sueño.
Nuevamente una mano sobre su hombro, nuevamente un sudor frío recorre su frente, nuevamente tiene ganas de gritar, nuevamente el miedo se lo impide. Se gira tan asustado como de costumbre, en esta ocasión se trata del interventor de RENFE, vestido con ropa de los años treinta, que le pide su billete.
¿Por qué motivo este tren está parado y el tiempo parece haberse vuelto loco?—pregunta.
Este tren está parado porque este es el viaje que has pagado; los billetes doce y catorce de este vagón no tienen destino, simplemente tienen derecho a salir de Barcelona y montarse en el tren y que este parta, pero no tienen derecho a bajarse en ninguna estación.
Pero, ¿yo compré el billete hasta Madrid?
Creíste hacerlo.
¿Cómo puedo detener esta pesadilla?
No puedes, solo el billete puede.
Esas palabras se quedaron grabadas en la mente de Marc, un billete sin destino... ¿Cómo podía haberse equivocado de tal modo? Buscó en su mochila hasta que encontró el billete, lo miró y remiró treinta veces; para él era un billete perfectamente normal, con su hora de salida y de llegada. Eso era  lo más curioso, la hora de llegada coincidía con la hora que marcaba su reloj, con la hora que su reloj había marcado continuamente desde que el tren se paró.
Despertó a Xènia y le pidió que le dejase ver su billete, ¡eran idénticos! Entonces lo vio claro, ella ocupaba el asiento doce mientras él ocupaba el catorce. Ahora las palabras del revisor cobraban sentido.
Coge tus cosas y bajemos de aquí, este es nuestro destino, si no bajamos el tren no podrá continuar su viaje—dijo convencido.
No entiendo que tenemos que ver nosotros en que el tren no pueda continuar su marcha.
Baja y lo entenderás.
Ambos bajan del tren y Marc se gira hacia él esperando verlo marchar pero este no se mueve, no es más que un vagón varado en una vía muerta en algún lugar en medio de ninguna parte. «No lo entiendo» se dice a sí mismo mientras sigue a Xènia de nuevo al interior.
Pero el interior ha cambiado, ahora es un vagón vacío, muerto. Nada ni nadie en su interior, solo polvo y desolación. Ella rompe a llorar, él la abraza para que se tranquilice y acaricia la larga melena azabache de ella con su mano derecha mientras que con la izquierda acercó la cara de ella a sus labios, ella cerró sus preciosos ojos azules y se dispuso a ser besada. Breve impás de espera que es el tiempo que tarda Marc en acercar sus labios a los de ella. «Solo el billete puede» recuerda, y rompe los billetes que todavía sostenía en sus manos. Por fin se decide sus labios se juntan y ambos se funden en un apasionado beso.
Marc abre los ojos y el tren está llegando a Madrid, faltan cinco minutos para entrar en la estación de Atocha. «Finalmente todo ha sido un sueño» se dice mientras gira su cara a la izquierda para observar a un hombre mayor pedir fuego, a su frente para observar como un revisor vestido con ropa de los años treinta ayuda a la gente a bajar las maletas y a su izquierda para contemplar a Xènia vestida tan solo con su jersey y decirle: «todo ha sido un sueño cariño».
Una mano se apoya de nuevo en su hombro y mientras se gira puede oír como la tétrica voz de la parca le dice «¿TODO?». Luego silencio y una carcajada macabra donde las haya de la muerte que se lleva a Marc Martí víctima de un infarto.
Nuevamente un silencio que da paso a la voz del revisor, «Nunca debiste romper el billete; al hacerlo te quedaste sin destino y al perder el destino ya no tenías nada que hacer en la vida. Estaba todo a tu favor: una chica guapa que te quería, un mundo para vosotros solos, mucha vida por vivir». Nuevo silencio, largo y melancólico.
Cuando Marc puede abrir los ojos está en una cama de hospital, su melena rubia ha dejado paso a una cabeza rasurada y sus ropas a una bata azul abierta por detrás. La habitación en la que se encuentra está acolchada y una enorme ventana se encuentra junto a la única puerta.
Desde el ventanal es observado por tres personas, un señor mayor, un revisor con ropas de los años treinta y una preciosa joven morena de ojos azules. «Debemos darle una nueva oportunidad» comentan entre ellos y alguien vestido con una parca negra abre la puerta...
Marc se encuentra ante la casa Batlló. Desciende las escaleras que dan acceso a la estación de Paseo de Gracia mientras se quita las gafas de sol y cuando llega al quiosco de la misma, para la cinta de «Apocalíptica» que sonaba en su walkman, y compra el diario deportivo Marca, un cómic de Lobezno y el ejemplar de diciembre de la revista Playboy  con Naomi Campbell en su portada. Paga con un billete de mil y le pide a la dependienta que se quede con el cambio. Esta le da las gracias y con una sonrisa de oreja a oreja le regala un paquete de chicles de menta sin azúcar. Introduce sus compras en la pequeña mochila que lleva como equipaje y saca su billete de tren para Madrid.
Una mano se apoya en su hombro derecho y cuando se gira se da cuenta que una joven y guapa chica morena y de ojos azules, a la que no había visto en su vida, le da un apasionado beso en los labios. «Menos mal que has llegado, hace tiempo que te esperaba» le dice mientras le da una pesada maleta, que se supone que debe ayudar a llevar al tren.

Por hoy es todo, espero que os guste, nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

viernes, 22 de junio de 2018

Relatos para las vacaciones (I): "Alea Jacta Est"

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Como va llegando el verano, en verdad no está llegando, está aquí ya incidiendo despiadadamente sus altas temperaturas sobre nosotros pobres mortales. Pero a lo que iba. Cómo ya estamos en estas fechas en las que a algunos les gusta echarse a la playa y leer mientras se tuesta al sol, voy a compartir con vosotros una serie de relatos cortos para que podáis leerlos allí donde estéis. Será un relato cada semana y el que abre el fuego, nunca mejor dicho lleva por título "Alea Jacta Est". Para aquellos que no lo sepan significa "la suerte está echada" en latín. Y por primera vez quiero acompañar el relato de una imagen. Os comparto primero está y luego el relato: 


Me llamo Giacomo, Giacomo Pierdoménico y soy jugador. Llega hasta tal punto mi afición al juego que en estos momentos me encuentro en la sexta silla de una partida de ruleta rusa. Es la tercera vez que juego y siempre me ha tocado sentarme en la última silla y como podéis comprobar, hasta ahora me ha ido bien. Como sabréis el lugar de las sillas se hace por sorteo, ¿Qué?, ¿Qué no lo sabíais?, perdonarme, pero así es.
Debo de reconocer que estoy un poco nervioso, no por el juego en sí, que es relativamente fácil, sino por la gente que nos mira, es la familia y amigos de los jugadores y me refiero a ellos como tercera persona ya que por mí no se preocupa nadie ya que desde que perdí a mis padres en un accidente de automóvil ahora hace ocho años no tengo familia, y en cuanto a amigos, los perdí a todos cuando rompí con la chica con la que estuve saliendo.
Se llamaba Ivana, bueno, se llama, porque desde la última vez que hablé con ella no tengo noticias de que le haya ocurrido nada. ¿Qué por qué me dejó?, creo que la respuesta es obvia, por mi afición al juego, ahora, me alegro por ella ya que conmigo no hubiese llegado a nada y en la actualidad es corresponsal en Lisboa para la RAI.
Creo que ya ha llegado el momento de dejar de hablar de mí porque el revólver ya ha sido cargado, con una sola bala como es lógico y entregado al primero de la fila, un alemán de metro noventa con el que ya he jugado a lo mismo anteriormente.
El teutón coge el revólver con su mano derecha y tras darle un giro al tambor con su mano izquierda cierra este con un brusco movimiento de su muñeca diestra, la suerte está echada. Coloca el cañón frío en su sien derecha y tembloroso quita el seguro del arma y echa el percutor de la misma hacia atrás.
Una gota de sudor frío recorre su frente y desciende por toda velocidad por su mejilla izquierda hasta llegar a su mandíbula y tras quedarse sostenida por un segundo en esta, cae estrellándose en el muslo de él. Tras un par de segundos agónicos por fin se decide y aprieta el gatillo. Solo se oye el «click» que hace el martillo al golpear en un hueco y el alemán suspira tranquilo y no es para menos, hoy no perderá la vida en este juego, podrá intentarlo mañana.
Pasa el arma al segundo y este coloca también el cañón en su sien derecha y repite la operación del percutor. Pero este individuo no suda, ni tan siquiera una gota, eso de ser ruso le da sin duda una sangre fría impresionante. Aprieta el gatillo sin titubear y vuelve a oírse el mismo ruido metálico.
Pasa el revólver al oriental que ocupa la tercera posición sin inmutar el rostro y este lo recibe francamente nervioso. Los nervios aumentan entre los cuatro que quedamos mientras el japonés coloca el arma en su sien y sudoroso repite la operación que ya antes hicieron alemán y ruso. Prolonga el momento de apretar el gatillo tanto como le permiten sus nervios, aproximadamente unos cinco segundos para luego apretarlo mientras cierra sus ojos.
Nuevamente se oye el «click» metálico. Este entrega el revólver al mexicano que ocupa el cuarto lugar con los ojos anegados por las lágrimas y rodeado por los aplausos de sus amigos, sin duda es el que más espectadores ha traído, por lo menos el que los ha traído más ruidosos.
Éste rápidamente se lleva el arma a la sien y aprieta el gatillo habiendo antes echado para atrás el percutor. Nuevamente se repite el mismo ruido que ya había oído otras tres veces antes. Con el rostro lleno de emoción entrega el revólver al quinto de la fila y sonríe de oreja a oreja.
El puertorriqueño que está delante de mí coge el arma con sus grandes y sudorosas manos y lo contempla durante unos segundos. Luego por fin se decide y empuña el arma con su mano izquierda y coloca el cañón y su sien izquierda. Está bañado en sudor y sus manos empiezan a temblar. Lentamente echa el percutor para atrás y cierra sus ojos. Luego empieza a susurrar algo que pudiera ser el padre nuestro y tras pronunciar un clarísimo amén aprieta el gatillo no sin antes tragar saliva. Yo cierro los ojos, no quiero ni pensar que si se oye el mismo ruido que antes seré yo el que muera. Pero esta vez no se oye ese «click»' sino un ruidoso y estridente disparo. El pobrecillo no ha tenido suerte, pero al menos ha tenido el detalle de no mancharme la ropa con los restos de sus sesos. Hoy me he ganado un buen montón de dólares...
Es la cuarta vez que me pongo a jugar a la ruleta rusa. Hoy estoy en la silla tres, mal rollo. El juez entrega el arma a un yanqui y este gira el tambor. La suerte está echada.
Por hoy es todo, espero os guste, nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.

sábado, 16 de junio de 2018

Una de vampiros, que los tengo a muy buen precio

Buenas noches desde el rincón en el que escribo.

Hace tiempo que escribí una serie de microrrelatos de terror con los vampiros como hilo argumental. Era para un concurso y uno resulto finalista. De hecho fue mi primer relato finalista que apareció en una antología, por si queréis recordarlo os dejo aquí el enlace: 

http://mi-rincon-de-escribir.blogspot.com/2017/03/nuevo-relato.html

Como digo ese fue el que resulto finalista y apareció publicado. Pero escribí más. Hace pocos días os compartí otro de esta serie, también os dejo el enlace por si queréis recordarlo, es este: 

http://mi-rincon-de-escribir.blogspot.com/2018/05/muchas-actividades-y-un-pequeno-relato.html

Pero como os decía, a parte de estos relatos escribí alguno más. Hoy os dejo tres más y en breve os compartiré el resto. El primero de los tres que he elegido para hoy se titula "Miedo a los Vampiros" y es este:

Dientes de ajo, sal, balas de plata, agua bendita, martillo y estaca de madera. Tengo todo mi arsenal contra los vampiros, les tengo terror. Un terror ancestral desde que uno me mordiera hace años. Lástima que yo sea uno de ellos.

El segundo, tal vez el más corto, se titula "Dicotomía" y es el que sigue:

¿Murciélago?, ¿Lobo?, ¿Niebla?, ¿Rata? ¿Con qué forma salgo hoy a la calle? ¿Cuál es la más terrorífica y peligrosa de todas ellas?
Sin lugar a dudas voy a salir con la forma humana, es la más terrorífica de todas.

El tercero y último por hoy se titula "Diez segundos tarde" y es este:

Estoy ante el espejo, pero evidentemente no me reflejo en él. Mi boca, mi cuello y mi pechera están manchados con la sangre de un bebé del que me acabo de beber su sangre. Lanzo la cabeza a mi derecha hacia atrás. El cuerpo a la izquierda. La primera va a caer a los pies de su madre, el segundo a los de su padre. Me han disparado con una ballesta y el virote de esta me ha atravesado el corazón, lástima que no la disparasen diez segundos antes. De esta forma sólo habría muerto yo y no ese inocente.

Me gustaría saber tu opinión, ¿Cuál te gusta más?. 

Por hoy es todo, nos vemos en "Mi Rincón de Escribir". Nos leemos.